Carlos Martel, el «martillo de acero» que salvó a la cristiandad francesa en la batalla de Poitiers
El general franco murió nueve años después de la batalla y fue enterrado en la capilla merovingia de Saint-Denis, en las afueras de París, un honor que demuestra hasta qué punto fue el más insigne mayordomo del palacio merovingio
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Óleo del siglo XIX que representa la batalla de Poitiers - Wikimedia
A principios del siglo VIII, la Europa cristiana vivió uno de sus momentos más comprometidos: la supervivencia de la fe dominante en el continente estuvo en liza frente al imparable avance musulmán. Desde la caída de la Hispania visigoda, las incursiones contra el reino Franco y Burgundia no dejaron de aumentar en su ensañamiento, hasta el punto de que el «mayordomo de palacio» Carlos Martel, abuelo del Emperador Carlomagno, fue designado para conducir un ejército contra la amenaza que brotaba desde Al-Andalus.
La gran expansión del Islam se suele emplazar entre la toma de La Meca en el año 630 y precisamente la batalla de Poitiers. El derrumbe del aparentemente poderoso reino germánico visigodo, que ocupaba lo que hoy es España y Portugal, hizo temblar a toda Europa en 711. Los visigodos fueron barridos del campo de batalla por solo 15.000 hombres, bereberes en su mayoría, a causa sobre todo de la debilidad interna de sus reyes. Una vez conquistado Al-Andalus, los musulmanes retrasaron su avance debido a las luchas internas entre bereberes y árabes, que en el caso de los segundos estaban divididos a su vez entre kalbíes y qaysíes, pero colaboraron para saquear las tierras al norte de los Pirineos.
Don Rodrigo, en la batalla de Guadalupe- Wikimedia
Las incursiones en las fronteras enemigas eran una estrategia habitual entre los musulmanes, cuyo objetivo era debilitar a los estados cristianos mientras averiguaban lo factible de lanzarse a su conquista. Tras atacar Aviñón yLyon a modo de «razia», los musulmanes hicieron un primer intento de conquistr Toulouse en el año 721, que fracasó frente a las tropas de Eudes de Aquitania, «un romano que combatía contra los barbari (los francos)» con todavía más estrépito que en Poitiers. Envalentonado por su derrota, el Califato Omeya intensificó sus ataques contra Aquitania en los siguientes años y logró saquear Burdeos. Una matanza de cristianos en el río Garona fue especialmente terrible: «Los creyentes atravesaron las montañas, arrasaron el terreno abrupto y el llano, saquearon hasta bien adentro el país de los francos y lo castigaron todo con la espada, de forma que cuando Eudes trabó batalla con ellos en el río Garona, huyó».
El mayordomo de «los reyes perezosos»
Acosado por los árabes por el sur, Eudes de Aquitania pidió ayuda urgente al gobernante de facto de los francos, su antiguo rival, Carlos Martel, llamado así «como el martillo (Martel) quiebra y machaca el hierro, el acero y los demás metales». Nacido en el año 688, Carlos fue el fundador de la dinastía carolingia que gobernó Francia hasta el siglo X, si bien lo hicieron en calidad de mayordomos de palacio hasta el 752, puesto que el territorio estaba en manos de los reyes merovingios. Estos, calificados como «los reyes perezosos», gobernaban nominalmente en el territorio franco pero su poder real era inexistente. Martel, que era hijo ilegítimo del también mayordomo Pipino de Heristal, fue el encargado de organizar las huestes francas que salieron a neutralizar la incursión musulmana en el Principado de Aquitania.
Carlos fue el fundador de la dinastía carolingia que gobernó Francia hasta 688, si bien lo hicieron en calidad de mayordomos de palacio
Al frente del ejército islámico que invadió Francia en el 732 se encontraba Abd al-Rahman al-Ghafiqi, que se había encargado de dirigir en orden la retirada musulmana años antes en Toulouse. Este comandante musulmán era uno de los «tabi'un» (discípulo) de la aristocracia religiosa que vertebraba el Islam, solo inferior en devoción a los «ansar» (colaboradores), que habían conocido personalmenteal profeta Mahoma. En la campaña del año 732, su intención realmente no era derrotar a la Europa cristiana, ni siquiera conquistar Francia, como se ha venido diciendo a lo largo de la historia. Fue de nuevo solamente una «razia», aunque más ambiciosa de lo habitual, buscando aprovecharse de lo efectivo de los ataques rápidos y furtivos que realizaban los árabes. Sin embargo, los musulmanes volvieron a evidenciar en Poitiers que perdían todas sus ventajas en los terrenos montañosos, pantanosos y, sobre todo, en los boscosos. Las fuerzas de Abd al-Rahman al-Ghafiqi tuvieron que hacer frente a estos tres tipos de terrenos durante esta campaña.
Caballería musulmana en el siglo XVII
Tras derrotar a los aquitanos, los musulmanes se entregaron a tres meses de saqueo. Una vez reagrupados, los hombres de Abd al-Rahman al-Ghafiqi se dirigieron al norte a través de la calzada romana I que atravesaba Poitiers, cuya importancia residía en su situación como nudo de caminos y punto por donde salvar el río. Pese al riesgo de dejar a su espalda una ciudad cristiana fuertemente defendida, los musulmanes siguieron hacia el norte, sin conquistar Poitiers, con la mirada puesta en la rica iglesia abacial de San Martín de Tours, uno de los centros cristianos más representativos del continente. Tours no pertenecía a Aquitania sino a los francos, lo que se entendió como una declaración de que Abd al-Rahman al-Ghafiqi buscaba abiertamente confrontarse con Martel. El mayordomo de palacio de Austrasia, que había acudido a la llamada de Eudes de Aquitania, así lo entendió y marchó hacia el sur.
Sin que Abd al-Rahman al-Ghafiqi llegara nunca a Tours, cristianos y musulmanes se confrontaron entre el Clain y el Vienne, en las proximidades de la calzada romana, a finales del mes de octubre del 732. Concretamente, la batalla de Poitiers enfrentó a unos 20.000 francos contra no menos de 40.000 musulmanes, si bien, entre ellos había un gran número de civiles.
La caballería se estrella contra «el muro de hielo»
Todavía más difícil que estimar las cifras del combate es distinguir la realidad de la ficción en las crónicas medievales, las cuales llenan los textos sobre la batalla de términos poéticos. Lo más probable es que los musulmanes iniciaran el ataque con una gran carga de caballería –armada con sus lanzas largas y espadas– y se toparan con lo que las crónicas definieron como un «muro de hielo». Lejos del previsible y ineficaz ataque-retirada típico de los visigodos y gascones, la solidez de los ejércitos de Martel, formados en falange, permitió lanzar un contraataque hacia el flanco del campamento enemigo.
«Con la ayuda de Cristo derribó sus tiendas y aprestó a combatir para hacerlos pedazos en una carnicería»
«El príncipe Carlos movió su línea de batalla contra los enemigos y sus guerreros se precipitaron contra ellos. Con la ayuda de Cristo derribó sus tiendas y aprestó a combatir para hacerlos pedazos en una carnicería. Habiendo muerto en la lucha Abd al-Rahman al-Ghafiqi, Carlos los destruyó, y haciendo avanzar el ejército, los combatió y venció. Así triunfó el vencedor sobre sus enemigos», relata «El Continuador de la Crónica de Fredegario». Probablemente no es que el veterano Abd al-Rahman al-Ghafiqi fuera tan imprudente de dejar desprotegido su campamento, más bien el derrumbe de las líneas musulmanas trasladó el combate a una lucha desesperada por salvar el enorme botín que guardaban en las tiendas. Otros relatos incluso aseguran que fue Eudes de Aquitania quien apareció por sorpresa para arrasar el campamento enemigo desde la retaguardia. De lo que caben menos dudas aún es que allí debió producirse la masacre final y de que pereció Abd al-Rahman al-Ghafiqi alcanzado por una jabalina.
Busto de Carlos Martel- Wikimedia
Bajo el manto de la noche, los musulmanes se retiraron del campo de batalla en buen orden, dejando a su espalda las tiendas en pie y al menos 12.000 muertos. El desastre había sido mayúsculo durante los dos días que había durado la contienda, aunque no tan grave como las crónicas cristianas hicieron creer. La persecución de los musulmanes se realizó tarde y mal. Para cuando Martel quiso ponerse en marcha le llegaron noticias de problemas políticos y militares en la frontera del Rin, aunque tal vez fuera solo una excusa para guardar las apariencias y ocultar lo obvio: el botín capturado a los musulmanes no era algo que se pudiera portar durante una persecución. La codicia evitó así una derrota mayor.
Martel murió nueve años después de la batalla y fue enterrado en la capilla merovingia de Saint-Denis, en las afueras de París, un honor que demuestra hasta qué punto fue el más insigne mayordomo del palacio merovingio y el mayor defensor de la cristiandad de su tiempo. No en vano, el historiadorDavid Nicolle en el monográfico dedicado a la batalla, «Freno al Islam Poitiers» (Osprey Publishing), recuerda que la expansión árabo-islámica iniciada a mediados del siglo VII ya estaba en proceso de estancamiento cuando Martel consiguió vencerles en Poitiers. «No solo en Europa, sino también en el Cáucaso, en Asia Central, en la India y en África», apunta sobre una tendencia que la historiografía ha extrapolado de forma errónea solo a Poitiers.
domingo, 15 de noviembre de 2015
TODA LA VERDAD
De las últimas fotos con vida del dictador
El precio de la agonía de Franco
El precio de la agonía de Franco, por Jaime Peñafiel VÍDEO: JAVIER NADALES
Peñafiel cuenta por vez primera la historia completa de los cuatro 'disparos' al Generalísimo
Pagó por ellas 15 millones de pesetas, no fueron fotos robadas y el 'sirviente' que las vendió lo hacía para que el mundo viera "las perrerías" que le hicieron al final
El día 20 de octubre de 1984 recibía en mi despacho de La Revista, del Grupo Zeta, que yo dirigía, una extraña y sorprendente llamada telefónica. Mi interlocutor, un personaje importante del franquismo, tan importante que, a lo largo de 30 años, había servido al general como un perro fiel hasta el día de su muerte, el 20 de noviembre de 1975. Ese día fue, precisamente, el último que le vi cuando sellaban el féretro que contenía los restos mortales de Franco.
La llamada estaba motivada por el deseo manifestado de entrevistarnos para hacerme partícipe de una información "muy confidencial" sobre el general que podía interesar a mi publicación.
La cita quedó fijada para el día siguiente, 21, en el bar del lujoso hotel Meliá de Alicante, a las cuatro en punto de la tarde. Con dos condiciones: que acudiera solo y que, cualquiera que fuera el resultado de nuestra entrevista, le jurara que nunca revelaría ni su nombre ni el motivo de nuestro encuentro. Suelo ser hombre de palabra y lo que prometo, sin tener que jurar que nunca me han gustado los juramentos, lo cumplo hasta la muerte. Aunque algunos miserables no lo merezcan.
A las 16.00 horas de aquel 21 de octubre llegaba yo al hotel en cuestión. Y allí, en la penumbra del bar, desierto a esa temprana hora de la tarde, estaba él, o alguien que yo supuse que era él, porque, por precaución para no ser reconocido por nadie, había tomado asiento de espaldas a la entrada. Cuando sintió que me acercaba, se volvió, se levantó y entonces no sólo le reconocí sino que su rostro, que para mi sorpresa no había cambiado mucho con los años, me produjo una curiosa sensación. En el ojal de la solapa de su chaqueta, el escudo de la Casa del caudillo: castillos, leones, laureles y laureada.
- Qué bien le encuentro.
- No crea, echo de menos aquellos años y, sobre todo, a Su Excelencia. Fueron 32 años, 32 junto a él. Día a día. Pero a todos, desgraciadamente, nos llega la jubilación.
Y hablábamos y hablábamos. Tanteándonos. Sin atrevernos, él a exponer el tema que nos había reunido, y yo a preguntar qué me quería vender.
- ¡Qué tiempos aquellos!, ¿verdad? ¿Usted no supo nunca que Su Excelencia le tenía mucho afecto?
- Sería por lo del ¡Hola!, que le trataba muy bien.
- No. Era a usted personalmente.
- Pues le confieso que no lo sabía.
- ¿Sabe usted que muchas veces he estado tentado de escribir mis memorias?
- ¿Y por qué no lo ha hecho?
- Porque lo que interesa, por fidelidad y respeto, no lo puedo contar. Lo que puedo contar no interesa, lo conoce todo el mundo.
- ¿Y por qué no se anima y me escribe algo sobre Su Excelencia para el 20 de noviembre, que será su aniversario?
- Tengo algo mejor para que usted pueda vender millones de ejemplares.
¡Por fin iba a parir la burra! ¡Aquello había sido el parto de los montes!
Y de repente, con mucho teatro y con sus ojos pequeños, profundos y negros, como los de Franco tal vez por mimetismo, clavados en los míos, sacó del bolsillo derecho de su chaqueta gris oscura -todo él era gris- un sobre, uno de esos sobres normales, de color blanco, que se usan para enviar cartas.
Mantenido artificialmente
Mis ojos iban de los suyos al sobre que había colocado en la mesita y del sobre a sus ojos maliciosamente sonrientes. De repente retiró la mano y allí quedaron, frente a mí, el sobre y su misterioso contenido. Con parsimoniosa elegancia, sin exteriorizar mi desbordante curiosidad, tomé el sobre que estaba abierto, introduje los dedos pulgar y corazón en su interior para sacar ¿una?, ¿dos?, ¿tres?, ¿cuatro? Sí, cuatro fotografías en color de 13x18. Como la luz era más bien escasa, levanté las fotos hasta la pantalla para contemplarlas mejor. Lo que vi en la primera de ellas -las otras cuatro eran pequeñas variaciones sobre el mismo tema- me dejó los ojos espantados sobre la cartulina. Allí estaba el general, allí estaba el testimonio gráfico de lo que se sospechaba le habían hecho durante los 15 días que permaneció en la habitación de la primera planta del Hospital La Paz: negarle el derecho a morir tranquilamente, sin dejarle aceptar la propia muerte de una manera digna. Las fotos que tenía en mis manos eran un ejemplo terrible de lo que se puede hacer con un hombre, conservándole, gracias a la tecnología, hasta el último palmo vegetativo.
Estas fotos también demostraban que el general acabó convertido en la terminal de una computadora, en una pieza de un complejo mecanismo industrial, instrumentalizado hasta la barbarie, según el ilustre periodista Cándido.
- Es un testimonio impresionante, dramático, estremecedor y patético -musité sin apartar los ojos de las fotografías.
- Fue una pena que no se le permitiera morir con la dignidad con la que había vivido ni se le concediera el derecho a vivir en paz -me recitó emocionado como una lección bien aprendida-. Se preguntará por qué he recurrido a usted...
No me lo preguntaba, lo sabía.
- Como usted puede ver en estas fotografías, Su Excelencia murió como un perro al que se le han hecho toda clase de perrerías y nunca mejor dicho. Yo quiero que se sepa lo que reflejan estas imágenes.
Todo el mundo lo sabía. La utilización de la agonía de un hombre por motivos políticos: para dejarlo "todo atado y bien atado" se pretendía la reelección de Alejandro Rodríguez de Valcárcel como presidente de las Cortes, prevista para el 26 de noviembre. Con Franco vivo nadie, de los franquistas por supuesto, hubiera votado en contra. Rodríguez Valcárcel se presentó a la votación y, como es fácil de suponer, perdió. Fue elegido Torcuato Fernández-Miranda. Franco había muerto ya.
- ¿Y qué pretende hacer con estas fotografías? -me atreví a preguntarle cínicamente.
- ¿A usted no le gustaría publicarlas? ¡Menudo éxito iba a tener! Lo iba a vender todo... Si algún día me decido a publicarlas, sólo hay un periodista en el que confiar. Por eso estamos usted y yo aquí. Sé que puedo confiar y que nunca revelará el nombre de quien le ha facilitado las fotos. Podría tener grandes disgustos y hasta peligrar mi vida.
- Usted sabe que soy hombre de palabra.
- Me consta. Amigo Peñafiel, por estas fotografías ¿se pagarían muchos millones? Este es un documento histórico y para una publicación como la que usted dirige es como si Dios le hubiera venido a ver. Todo el mundo hablará de ella.
- Oiga, ¿no habrá problemas jurídicos con la familia?
- Amigo Peñafiel, el Generalísimo Franco no pertenece a su familia sino a la Historia y la Historia pertenece a todos los españoles.
Desde que empezamos a hablar de dinero, reconozco que le perdí el respeto. Con toda la confianza que da saber que estás tratando con un chalán, le pregunté con descaro:
- ¿Cómo se atrevió a hacer estas fotografías? ¿No pensó que podrían sorprenderle con tanto control y vigilancia como había?
- ¡Pero si yo no fui el autor! ¡Pero si yo no hice las fotos! Las hizo el marqués.
- ¿El marqués de Villaverde? -pregunté.
- Sí, el doctor Martínez Bordiú, el hijo político de Su Excelencia, el yernísimo, como le llamábamos.
- ¡No me joda! ¡No me lo puedo creer! Perdóneme, pero yo había creído...
- Perdóneme usted que yo no se lo hubiera dicho.
- Esto cambia las cosas. Yo no las puedo publicar. Este tío me empapela. Pero, ¿cómo las tiene usted si son del marqués?
- No, estas copias no son del marqués. Estas copias son mías. Alguien del laboratorio que reveló el carrete me hizo este regalo, sabiendo todo el cariño que yo profesaba a Su Excelencia.
- Sí, pero el original es de Villaverde.
- Pero él no sabe que yo tengo estas copias que, a lo largo de todos estos años, he conservado como mi mayor tesoro.
- ¿Y ahora no le importa desprenderse de él?
- Lo hago por todo lo que le he dicho.
Sentí que le tenía cogido. Él sabía que aquello que había conservado con tanto amor valía mucho dinero. Y cuando supo que yo había sacado la revista a la calle, dispuesto a comerme el mundo pagando como el que más por las exclusivas, se dijo: "Esta es la mía. Yo me anticipo al marqués".
- ¿Usted piensa que el marqués hizo estas fotos para venderlas?
- Pienso que sí. No me dirá usted que las hizo por interés científico. En esos casos, sólo se fotografía el campo operatorio, pero el marqués bien que se preocupó por que se viera en las fotografías toda la parafernalia que rodeaba la agonía y muerte de Su Excelencia. Hasta las enfermeras, que eran suyas, aparecen posando ante el pobre Caudillo sin respeto ni asepsia.
- Lleva usted razón, pero si las publico va a armarse la de Dios es Cristo.
- No creo que se atreva. Los suyos y los otros se le echarían encima.
- Sí, pero el marqués es muy chulo.
- ¿Me lo dice usted a mí? ¿A usted pueden obligarle a confesar el nombre de quien le ha facilitado las fotos?
- ¡Nunca! Siempre podré acogerme al secreto profesional. Usted esté tranquilo. Sabe que nunca le delataré. Hablemos de dinero -le dije sonriendo.
Él no se atrevió ni a preguntar cuanto. Estaba acorralado. Le había ganado la partida.
- Pienso que estas fotografías pueden valer unos 50 millones (unos 889.000 euros al cambio actual).
- Pero, hombre de Dios, no hay nada que valga 50 millones -le contesto-. Haciendo un gran esfuerzo le podría dar 10 o 15 millones, como mucho.
- ¿Nada más?
- Piense que asumo todos los riesgos. El marqués hasta me puede acusar de robo. ¿Y cómo demuestro que no las he robado?
- ¿Usted piensa que estoy traicionando la memoria del Generalísimo?
La querella que gané
Con cinismo, le dije todo lo contrario de lo que pensaba:
- No sólo no traiciona usted la memoria del hombre al que ha servido durante 32 años, sino que va a prestar un gran servicio: enseñar lo que hicieron con él, cómo manipularon su agonía con fines políticos inconfesables. Para ganar tiempo con el que prolongar un franquismo sin Franco.
Y mirando el reloj, me levanté:
- Voy a perder el avión.
- Yo le llevo al aeropuerto.
Cuando al fin me vi en el avión, saqué las fotografías y fui mirándolas a la luz del atardecer que entraba por la ventanilla. No me cabía la menor duda de que aquello era una exclusiva excepcional. Toda una bomba que yo iba a publicar aunque estallara haciéndome mil pedazos. ¡Y claro que estalló, y de qué manera! El marqués se querelló, me procesaron, me sentaron en el banquillo, pidieron 50 millones de pesetas y cinco años de cárcel. Pero gané... aunque la revista se hundió.
A las 3 de la madrugada del siguiente día sonó el teléfono en mi casa. Cuando descolgué el auricular, oí la voz del colaborador de Su Excelencia que, a medio tono, para no ser oído en su propia casa, me preguntaba con angustia:
- Amigo Peñafiel, ¿usted cree que soy un traidor? No puedo dormir. Pienso que es mejor que lo dejemos.
- No se preocupe, ¿somos o no somos amigos? No se arrepentirá nunca. De todas formas, mañana lo discutiremos. Buenas noches.
A primera hora de la tarde me telefoneó para cerrar el trato, mediante un cheque al portador, sin más. Ni el gerente de la revista supo a quién iba destinado, aunque sí en pago de qué. (Habíamos acordado que en nuestros contactos telefónicos se identificara con el nombre de Fernando Alarcón).
Estando ya el material en imprenta, irrumpieron una mañana en el despacho dos señoras que se identificaron como la esposa e hija del colaborador de Franco. Me acusaron con insultos de haber engañado a su marido y a su padre y de haberle convencido de que vendiera las famosas fotos. De dicha venta ninguna de las dos había sabido nada hasta que...
- Mi padre llevaba varias noches sin dormir, suspirando cuando no llorando -empezó su hija.
- Yo le preguntaba qué le pasaba, pero no contestaba -añadió su esposa-. Sólo llorar. "Es que tengo una opresión, aquí, en el pecho, que no me deja respirar", decía. Pensamos que podía ser un infarto y quisimos llamar al médico, pero él se negó. Hasta que no pudo más y nos confesó llorando lo ocurrido, mostrándonos el cheque que usted le había enviado: "He traicionado la memoria de Franco.... he vendido sus fotografías", nos decía entre lágrimas. Por poco nos morimos del disgusto. ¿Cómo ha podido usted convencerle para que hiciera tal cosa? Esto no puede quedar así. Aquí está el cheque y usted nos devuelve las fotografías. ¡Ahora mismo! No nos vamos sin ellas.
Intenté tranquilizarlas contándoles toda la historia, que por supuesto desconocían: que el hombre lo hacía por ellas, para mejorar la pobre jubilación que le había quedado. Las señoras fueron serenándose ante la evidencia de los hechos y comenzaron a verlo más claro, es más, a no verlo tan mal.
El cheque (con el precio final acordado, 15 millones de pesetas, aproximadamente 266.000 euros al cambio actual) permanecía sobre la mesa, donde lo habían arrojado cuando llegaron. A su vista. Y lo que al principio eran reproches e insultos, ahora eran preguntas aclaratorias: "¿Usted cree...? ¿No habrá problemas...? ¿Nos podemos ir tranquilas...? ¿Usted ha prometido...? Se sintieron aliviadas, se levantaron, me tendieron la mano y, cuando se disponían a abandonar el despacho, la hija se volvió y preguntó tímidamente: "¿Me puedo llevar el cheque?".
En la reunión con los consejeros de Zeta, Antonio Asensio, siendo como era el dueño absoluto de sus publicaciones, me aconsejó no publicarlas pero respetando mi decisión de hacerlo, como director que yo era. Un experto se atrevió a aventurar que no valían tanto porque Franco estaba ya muerto.
Buscando una voz autorizada, me dirigí al doctor Hidalgo Huertas, del equipo médico habitual de franco, quien le había intervenido nada menos que tres veces seguidas. Todas a vida o muerte. Cuando extendí ante él las cuatro fotografías, su rostro se quedó tan pálido como la bata que llevaba:
- Pero ¿quién ha sido el canalla que ha hecho estas fotografías?
Sabiendo la amistad que le unía con el marqués, no quise decírselo; sólo pretendía que intentara informarme del momento aproximado en el que habían sido realizadas.
- Fueron hechas entre el 14 de noviembre, cuando tras la tercera operación le puse un drenaje a nivel del duodeno para que no pasara la bilis, y cualquier día antes del 20, cuando murió. Y en una de ellas se ve ese drenaje.
Con toda intención, le hice la siguiente pregunta:
- ¿Cuál fue la actitud del marqués de Villaverde como médico e hijo político de Franco durante toda su enfermedad y agonía de su suegro?
- Me alegro de que me haga esta pregunta bajo ese doble punto de vista. Cristóbal se portó como un hijo con su padre. Y su comportamiento como médico, digno de toda loa. En todo momento se comportó con una corrección auténtica y colaboró en lo que se le pidió.
Hablaba sin dejar de mirar las fotografías pero sin parar de musitar: "¿Quién habrá sido el cabrón que ha hecho las fotografías?, ¿quién habrá sido ese hijo de puta?".
- Ni se debían haber hecho ni usted debería publicarlas. Va a hacer mucho daño. Y el mayor, a usted. No se lo van a perdonar ni la familia del Generalísimo ni los lectores.
Y acertó.
El marqués: "Me robaron las fotos"
Al ver las fotografías publicadas en 'La Revista' en octubre de 1984, Cristóbal Martínez Bordiú, marqués de Villaverde, declaró: "Son mías. Pertenecen al historial clínico de Franco. No sólo clínicamente sino por la categoría excepcional del personaje, era necesario hacerlas y conservarlas. Estuvieron durante mucho tiempo junto a documentos muy reservados bajo llave en el cajón de mi mesa. Sin que corriesen el menor peligro, entre otras cosas, porque nadie sabía que estaban. Surgió, como todo el mundo recuerda, mi sustitución y expulsión de dicho centro. Tuve que abandonarlo inmediatamente. No me dieron tiempo ni a recoger mis cosas. De todas formas, allí parecían seguras. Hasta que obligaron a mi secretaria Arancha a entregar las llaves de armarios y cajones. En los dos meses que permanecieron allí hasta que yo ordené el traslado, alguien tuvo tiempo no sólo de ordenar sino de revisar mis documentos".
"De todas formas" -continuó- "tengo perfectamente localizadas a las personas que tocaron esos cajones, en los que se encerraban las fotografías. Por lo tanto, insisto, no será difícil descubrir al ladrón. Llegaremos hasta donde haya que llegar, porque me va a ser facilísimo averiguarlo. Después, los tribunales de justicia tendrán la última palabra. Todo está en marcha. No quiero ni pensar, aunque sé que habrá mentes retorcidas que piensen que esas fotografías han salido de mis manos. ¡Qué horror, qué horror!".
En el juicio se produjo una situación insólita. Al ser interrogado el marqués por el presidente del Tribunal sobre la opinión que tenía del procesado, éste respondió llenándome de elogios ("magnífica persona, buen periodista, todo un señor...").
- Si el señor Peñafiel es todo lo que usted dice, no entiendo cómo le ha denunciado por robo -le interrumpió el magistrado.
- Yo sé que él no me ha robado las fotos, señoría.
- ¿Entonces?
- Es que quiero que confiese quién se las ha vendido.
El magistrado, indignado, le advirtió que podía procesarle por falsa denuncia. Finalmente el marqués fue condenado a pagar hasta las costas. (Mi abogada en tan delicado y difícil juicio no fue otra que la gran Cristina Peña, que entonces lo era del Grupo Zeta y hoy de nuestro periódico. También me salvó de las garras de Paesa, por entonces colaborador en los trapos sucios del Ministerio del Interior del PSOE, en un juicio que llegó hasta el Supremo porque le había llamado estafador).
Por su parte, la hija menor del marqués, Arancha, declaró, sin conocer aún quién había sido el autor: "La verdad es que mi familia está muy ofendida. Yo creo que después de nueve años de su muerte, no se deberían haber publicado tales fotografías. No se respetó en su día -el que hiciera las fotos- a un moribundo indefenso, y ahora no se ha respetado la memoria de un muerto".