domingo, 17 de enero de 2016

Palomares inédito, 50 años después


Una recolectora de tomates posa sin temor junto al fuselaje de un avión militar siniestrado en Palomares, el 17 de enero de 1966. 



Esta es la historia de una tragedia que no llegó a ocurrir. La de una catástrofe nuclear que quedó milagrosamente reducida al relato folclórico de una pedanía almeriense digna de la filmografía más costumbrista. Aquel delirante guión lo escribió el destino a su paso por Palomares hace exactamente 50 años, el 17 de enero de 1966. Esa mañana, soleada y fría, un bombardero estadounidense B-52 cargado con cuatro bombas termonucleares colisionó con un avión cisterna durante una operación de reabastecimiento. Cada una de las bombas tenía una potencia de 1,5 megatones y una capacidad de destrucción 300 veces superior a Little Boy, la bomba lanzada sobre Hiroshima en 1945.
A las 10 y 22 minutos de la mañana, los agricultores de la zona escucharon unaexplosión seguida de unos destellos en el cielo despejado. Algunos se preguntaron, entre estremecidos y curiosos, qué es lo que acababan de presenciar mientras perseguían con la mirada a los zigzagueantes paracaidistas que lograronsobrevivir al accidente. Enseguida la enorme nube de humo proyectada desde el suelo, tan parecida a una quema de rastrojos, les desvolvió a la rutina. "Todo era tan descabelladamente irreal que la gente no podía sino refugiarse en la realidad cotidiana", cuenta el californiano Tito del Amo (Los Ángeles, 1940), autor de algunas de las fotografías que ilustran estas páginas. "El folclore salvó a los españoles del calvario".


La Casa Blanca tardó 24 horas en declarar el código Broken Arrow (Flecha Rota), un protocolo de intervención ante posibles desastres nucleares. La misión consistía en un operativo militar que permitiera recuperar rápidamente las bombas y comunicar a las autoridades españolas la amenaza. Sin embargo, Angier Duke, entonces embajador de Estados Unidos en España, recibió órdenes expresas del Régimen de Franco de no informar de lo sucedido. La Administración Johnson obedeció sin sospechar que el operativo terminaría alargándose más de lo esperado. Porque de las cuatro bombas del B-52, tres cayeron en tierra (dos de las cuales sufrieron una explosión parcial del detonador) y otra, aparentemente inmune a los radares, fue a parar al mar.
A diferencia de la prensa nacional, controlada tentacularmente por el entonces ministro Manuel Fraga, las agencias extranjeras decidieron saltarse el cordón de la censura y enviaron a Palomares a sus corresponsales. Es el caso del periodistaAndré del Amo, hermano de Tito, que viajó desde Madrid con su cámara de fotos y una grabadora. Los militares desplegados en la zona rehusaban hacer cualquier declaración, pero André terminó mediando como traductor durante una caótica conversación entre norteamericanos y españoles. En un momento dado escuchó de boca de un militar incauto la palabra que al día siguiente coparía la portada del New York Times: radiactividad.
Las fotografías de André del Amo acentúan el contraste entre la España rural de los años 60 y la que sigue siendo primera potencia militar y económica del mundo. Los restos desperdigados de fuselaje convocaron a guardia civiles en mangas de camisa y a miembros de las fuerzas armadas estadounidenses embutidos en sofisticados trajes NBQ. Los niveles de radiactividad se dispararon en varios kilómetros a la redonda, lo que no impidió que una recolectora de tomate posara en actitud coqueta junto a uno de los aviones siniestrados o que una pandilla de niños recibiera en improvisada formación la llegada de un coronel norteamericano. La estampa no puede ser más berlanguiana.


Las fotos más conocidas, por su relevancia y difusión, no las hizo André sino su hermano Tito, que hoy regenta uno de los chiringuitos con más solera de la zona: el Tito's Beach Bar de Mojácar. Hasta allí había llegado el mayor de los hermanos Del Amo semanas antes del accidente atraído por el magnetismo festivo que entonces emanaba de la vecina localidad almeriense. "Cuando todos los corresponsales se habían ido de Palomares, las agencias United y Associated Press me contactaron a través de mi hermano para que hiciera el seguimiento de la cuarta bomba, que continuaba sin aparecer". Le pagaban 500 pesetas al día y durante los dos meses que tardaron en encontrar la bomba mandó un carrete semanal a la redacción madrileña.
Con su cámara Nikon y un Seiscientos de alquiler, Tito del Amo peinaba cada día los alrededores y playas de Palomares. "Ya antes de que chocaran los aviones me había enamorado de Mojácar, pero aquella aventura absolutamente surrealista tuvo mucho que ver en mi posterior decisión de buscarme un trabajo comojardinero y echar raíces en esta tierra". Han pasado cinco décadas y Tito sigue admirándose del carácter campechano y vitalista de los almerienses. "La reacción espontánea, natural y totalmente desacomplejada de la gente frente a lo que en otros lugares del mundo habría provocado una alarma social me conmovió profundamente. Fue una lección que nunca olvidaré".
De aquellos días extraños, yendo y viniendo en su Seiscientos, guarda una colección de anécdotas que darían para un bestiario. "Recuerdo, por ejemplo, que Roberto Puig, un arquitecto muy famoso en aquella época, se adentró una noche en la zona vigilada por los militares. Se jugó el tipo para hacerse con un trozo de ala del B-52, que durante 20 años exhibió orgulloso en la entrada del Hotel Mojácar". Lo que para algunos habría sido un tótem grotesco a la barbarie nuclear, en Mojácar se celebraba como un monumento al turismo. Que era la principal preocupación de Franco. "No justifico el hermetismo informativo, pero entiendo que el Régimen temiera la difusión de la noticia por cuanto ponía en serio riesgo su principal fuente de ingresos".


Se cuenta entre los lugareños que la famosa foto de Fraga en Meyba saliendo campante de las aguas del Mediterráneo no se hizo en la playa de Quitapellejos de Palomares, sino frente al Parador de Mojácar. "Aquel día tuve que viajar a Madrid para arreglar unos papeles, así que no puedo confirmar ni desmentir nada", reconoce. "Pero siempre se ha rumoreado que hubo dos sesiones de fotos, una en Palomares y otra en Mojácar, lo que no deja de ser un sinsentido pues todos los análisis de radiactividad que se hicieron en el agua demostraban que la sesión de fotos no entrañaba el más mínimo peligro".

El fotógrafo en el helicóptero

De lo que sí puede hablar con absoluto conocimiento de causa es de lo que vio desde el aire el día en que un sargento estadounidense le invitó a subir a un helicóptero para sobrevolar el lugar del accidente. "Aquella mañana dejé en casa el teleobjetivo que usaba para fotografiar a 400 metros de distancia y me llevé mi vieja Hasselblad". Fue la primera vez que sintió miedo. "Nunca había hecho fotografías desde la puerta abierta de un helicóptero". Fueron cinco minutosintensos que plasmó en un carrete de 12 fotografías en blanco y negro que dieron la vuelta al mundo en las portadas del International Herald Tribune y el Daily Mail: decenas de barriles, hombres de blanco y una carretera perfectamente asfaltada que lleva a un carguero en la playa, rodeado de buques.
Según Tito, el Ejército llevó a cabo las labores de recogida y limpieza de los restos nucleares en un alarde de profesionalidad. "En pocos días montaron un tendido telefónico privado entre Palomares y Vera, instalaron también unas cajitas conmedidores de radiactividad por todas partes, muchas de las cuales siguen hoy en pie, y cada noche los militares corregían las imperfecciones de la carretera para evitar el más mínimo temblor de los buldóceres". Sin embargo, el ingente dispositivo de búsqueda para encontrar la cuarta bomba (nada menos que 34 buques y cuatro minisubmarinos sumergibles) no habría servido de nada sin la ayuda de un pescador murciano.
La mañana del 17 de enero de 1966, Francisco Simó Orts, en adelante conocido como Paco el de la bomba, había salido a pescar camarones cuando de pronto vio caer un proyectil en el agua. "Al volver a tierra se enteró de lo sucedido y se ofreció para ayudar a recuperar el artefacto. Pero nadie le hizo caso". Nueve semanas más tarde, un coronel del Ejército llamó a la puerta de su casa en la localidad de Águilas. "Paco -dijo el militar con previsible acento-, ¿dónde dices que cayó la bomba?". Al día siguiente, y después de 80 agotadoras jornadas de búsqueda, la bomba apareció a cinco millas de la costa y 869 metros de profundidad. Para Tito aquel fue "un ejemplo más de humor castizo".
Aunque no todo es para reírse en lo que concierne al caso Palomares, donde los niveles de radiactividad siguen siendo anormalmente altos y las tierras contaminadas por los residuos tardarán varios miles de años en recuperarse. Un sinfín de trabas burocráticas (no todas ajenas a la especulación inmobiliaria) ha impedido que se tomen medidas medioambientales serias. No fue hasta hace unas semanas que los gobiernos de EEUUy España firmaron una declaración de intenciones para limpiar definitivamente la zona. ¿Por qué se ha esperado tanto? Tito lo tiene claro. "El acuerdo convertirá el aeródromo sevillano de Morón de la Frontera en la principal base del Mando de los EEUU para África".

domingo, 3 de enero de 2016


  • CHINA

Las heridas de las esclavas del Imperio

Los retratos de las mujeres que fueron obligadas a ser esclavas sexuales en Nanjing (China). 


China convierte en museo uno de los antiguos centros de esclavas sexuales usados por las tropas niponas, mientras las víctimas siguen pidiendo justicia


Los organizadores del museo han colocado los preservativos protegidos por vitrinas. Eran los tristemente célebres 'Totsugeki Ichiban' (Campeones del ataque) que se convirtieron en un elemento añadido de la indumentaria de los soldados japoneses. A su lado han dispuesto tubos de vaselina.
La exhibición también incluye una de las precarias sillas de madera que se usaban en aquellos centros para examinar las partes más íntimas de las féminas, fotos de los doctores que las reconocían y toda la parafernalia médica que utilizaban para prevenir la expansión de enfermedades venéreas: agujas, jeringuillas, endoscopios. Otra de las cristalera protege un cubículo con"permanganato de potasio" con el que se desinfectaba estas instalaciones. Fue donado a la exhibición por Lei Guiying.
Era uno de los muchos y dolorosos recuerdos que la madre adoptiva de Tang Jiaguo guardaba de su paso por un de estos enclaves, el centro Yamamoto, situado a 40 kilómetros de la ciudad de Nanjing. Una memoria que mantuvo oculta durante décadas. Casi el mismo tiempo que permaneció arrinconado el recuerdo en torno al prostíbulo japonés de la calle Liji o el de los otros 40 recintos similaresque se establecieron en la provincia de Jiangsu, en el sur de China.
"Mi madre nunca nos contó esa historia tras la liberación. A finales de 2005 un anciano del vecindario que estaba al corriente de lo ocurrido me dijo que mi madre había sido una mujer de confort. Fue una conmoción. No podía creérmelo", rememora Jiaguo. La mujer no sólo se lo había ocultado a su hijo. Su propio marido falleció en 1982 sin conocer su terrible experiencia.
"Cuando le pregunté se puso hecha una furia. Me insultó. Pensaba que era una deshonra. Quería llevarse el secreto a la tumba", añadió a este diario.
Pero Jiaguo convenció a la anciana de que debía hacer pública su historia. "Tras una gran discusión mental decidió cambiar de actitud y denunciar lo que había pasado para reclamar justicia para todas las 'mujeres de confort'", precisa.


'Me obligaron a ser puta'

A Lei Guiying le dijeron que el dueño del burdel necesitaba a una señora de la limpieza. Tenía sólo 13 años. "Al cabo de un tiempo me obligaron a ser puta",declaró en una entrevista que concedió a un periódico chino poco antes de fallecer en 2007.
"Los soldados hacían cola para acostarse con 5 ó 6 chicas que nos íbamos tumbando, una tras otra, en una gran cama. Si te negabas te golpeaban con sus armas. Si una de las mujeres moría a causa de la tortura, el propietario hacía un agujero y la enterraba. Al principio eramos 15 pero al cabo de un año y medio sólo quedaban seis. El resto murió", relató la señora.
Guiyin consiguió escapar en 1943, tras dos años de reclusión. Se casó a los 17 años, pero nunca pudo quedarse embarazada, una secuela recurrente entre las chicas usadas en los burdeles a causa de los medicamentos que les administraban.
"Mi madre quería llevar a los soldados ante los tribunales, pero falleció antes de poder hacerlo. Antes de morir me pidió que siguiera luchando en su nombre", refiere Tang Jiaguo.
El valiente testimonio de Lei Guiying, el primero que se escuchó en Nanjing, fue determinante para resucitar la historia de los centros de esclavas sexuales de Jiangsu. El 1 de diciembre las autoridades de la capital de esta provincia inauguraron una exposición dedicada a las apodadas 'mujeres de confort' en uno de los complejos de viviendas utilizados precisamente por los militares nipones para satisfacer sus instintos sexuales.
"Los vecinos lo llamaban el prostíbulo japonés de la calle Liji", explica la guía de las instalaciones.
La apertura se inscribe dentro del magno esfuerzo desarrollado por Pekín en los últimos años para documentar los múltiples desmanes de las tropas niponas que ocuparon su territorio entre 1931 y 1945, en un entorno de creciente rivalidad con Tokio.
El tratado entre Japón y Corea del Sur destinado a indemnizar a las esclavas sexuales de ese país ha reavivado la polémica en el resto de las naciones asiáticas cuyas mujeres sufrieron esta práctica, y en especial en China, que como reclama el museo de Nanjing "fue la mayor víctima del sistema de 'mujeres de confort', donde se crearon más centros, los mayores y donde duraron más".
El burdel de la calle Liji se estableció en 1937. Años después de la primera instalación de este tipo que se creó a principios de esa década en Shanghai y se ganó una lúgubre fama: el Salón Daiichi.


Una chica por cada 178 soldados

La difusión en 2014 de decenas de miles de documentos del ejército japonés recuperados por archivo provincial de la provincia de Jilin tras la derrota de los nipones confirmaron el carácter sumamente organizado de un entramado que comprendió cientos de burdeles ubicados en decenas de localidades chinas, hasta el punto de estudiarse el ratio entre soldados y 'mujeres de confort' -en Nanjing era de una fémina por cada 178 soldados- o el número exacto de cuantos uniformados frecuentaban cada recinto.
Por ejemplo, en Zhenjiang -una ciudad cercana a Nanjing- los mismo papeles contabilizaron la visita de 8.929 soldados a los centros de esclavas sexuales en sólo 10 días.
"Japón ha sido el único Estado en la era moderna que estableció una red de prostíbulos de esta magnitud", manifestó el historiador Su Zhiliang, un experto en este asunto de la Universidad de Shanghai.
El recorrido por los ocho edificios que constituyen el museo es un viaje a través de la depravación del ser humano. La exhibición incluye 1.600 objetos, 680 fotografías, mapas con la red de burdeles creados en China y el sudeste de Asia -sólo quedó excluida Camboya- y decenas de espeluznantes testimonios de las víctimas.
Entre las fotos hay una de la surcoreana Pak Yeong-Sim. Esta desnuda y ya se le aprecia su incipiente embarazo. Pak Yeong-Sim aparece en otra instantánea de la época. Ahora vestida y ya con una prominente gravidez. Es la misma imagen que ha inspirado una de las tres estatuas que decoran la entrada del memorial de la calle Liji.
Las lágrimas que aparecen colgadas del muro detrás de las esculturas son una alegoría a las que derramó la coreana en 2003, cuando visitó este mismo lugar a sus 82 años y lo identificó como el mismo recinto donde había estado encerrada entre 1939 y 1943.
"Las lágrimas simbolizan su desamparo y pena", asevera el enunciado que acompaña a la obra artística.
Los japoneses habilitaron el burdel en la calle Liji tras confiscar el hotel Puqing,un habitáculo comercial que a su vez había aprovechado la vieja residencia del teniente general Yang Puquing del Kuomintang (las fuerzas nacionalistas) que huyó cuando los japoneses capturaron la ciudad en 1937.
Es una vivienda de dos pisos en la que que dispusieron 30 pequeñas habitaciones unidas por un corredor. El museo ha recreado su contenido: una pequeña cama estilo 'tatami' a ras de suelo, un armario y una mesa con una palangana para asearse.
Como se lee en uno de los paneles, el 21 de noviembre de 2003, Pak Yeong-Sim regresó al número 12 de calle Liji. Al adentrarse en la casa señaló a la habitación número 19 sin poder contener las lágrimas. Era el cuarto donde la obligaron a ejercer como 'mujer de confort'.
También explicó la lúgubre función del pequeño ático situado frente a sus dependencias que usaban los japoneses para ""detener y torturar" a las mujeres "desobedientes", apostilla otro cartel.
"En los primeros días cuando estuve aquí, si me resistía, me asaltaban de forma cruel o me encerraban ahí arriba", relató.
"Los soldados venían, se desnudaban y me violaban uno por uno. No podía resistirme. Si lo hacía me pegaban. No podía dormir durante toda la noche. La mujer china que estaba en la habitación de enfrente tuvo conmiseración y me daba algo de comida. A veces me ofrecía vino y opio. A veces sólo podía dormir tras beber vino y opio", precisó en sus comentarios, reproducidos en el mausoleo.
Al igual que Lei Guiying, Pak Yeong-sim murió en 2012 sin conseguir que Japón asumiera su responsabilidad legal en esta controversia.
"Todos las demandas de mujeres chinas o surcoreanas que se han iniciado en Japón han sido desechadas. Japón defiende que tras el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con China (1972) este asunto está cerrado y los tribunales adoptan esta postura política. No es una buena indicación sobre el sistema judicial japonés", indica la abogada Kang Jian.
Sentada en su despacho de Pekín, Jian exhibe la colección de fotos de centros de recreación sexual erigidos por los japoneses que compiló en su visita a la isla de Hainan y la provincia de Shanxi, foco de los dos procesos legales que ha abanderado contra Tokio en representación de 14 antiguas esclavas sexuales chinas.
"Nos costó mucho conseguir que hablaran. Ellas mismas pensaban que estaban 'sucias'. No eran prostitutas. Fueron raptadas o se las obligó a practicar el sexo.Solían tener 13, 14 o 15 años. Fue algo muy cruel. Muchas terminaron no siendo fértiles", asevera.
La letrada aclara que pese a sus repetidas derrotas legales, los defensores de esta causa -incluido un amplio grupo de abogados japoneses- pretenden continuar con sus alegatos jurídicos. Una decena de mujeres surcoreanas lanzó esta semana una enésima demanda contra Tokio en un tribunal de su país.
"Incluso si ellas muere, sus hijos podrían seguir peleando", acota Jian.
"Para nosotros no es un problema de dinero, sino de justicia y responsabilidad.Tienen que pedir perdón. Cuando me enteré del acuerdo con Corea del Sur me indigné. Los japoneses cometieron el mismo crimen en China. No vale con excusarse sólo delante de los coreanos", sentencia Tang Jiaguo, el hijo adoptado de Lei Guiying.